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ANÁLISIS | I and Me

written by Oscar Martínez 18 octubre, 2017

El género indie suele incluir de forma implícita el querer hablar de algo. No tanto de grandes gestas, ni tampoco con la mira de quién relata una gran historia, sino con pequeños detalles que invitan a pensar y descubrir. La reflexión metafísica de The First Tree o la exploración de una mente torturada en Hellblade: Senua’s Sacrifice son uno de los ejemplos más recientes. Pero hoy el protagonismo lo tiene I and Me, una obra tan pequeña como las intenciones que porta con ella.

I and Me es uno de esos indies que llegan a Nintendo Switch —pese a haber pasado antes por PC— para fomentar una de sus grandes virtudes, la acogida del género; de los ‘nindies’. Su desarrollo ha corrido a manos de un único desarrollador, Wish Fang, y es algo patente en el juego. No solo por el minimalismo con el que parece estar diseñada en comparación al estándar del medio, si no también en sus detalles, en cómo intenta convertir algo tan simple en una obra con nombre y cara. Esta última, representada por una suerte de gato que convive con su «otro yo», incitándonos a resolver una larga serie de rompecabezas en compañía de su alter ego.

I and Me

Con esto, sus mecánicas per se resultan bastante simples. Y es que para avanzar en el juego solo hay que cumplir una condición: llevar a cada felino a un marco de fotos. El caso es que como reflejo de sí mismo, el «clon» del protagonista se moverá de forma idéntica a él, convirtiéndose en mecánica y problema principal a la vez, ya que los marcos estarán colocados en lugares dispares del escenario. Para más inri, con una curva de dificultad más o menos ajustada, los niveles irán introduciendo nuevos elementos como ovejas (que harán las veces de saltadores), trampas, plataformas móviles, palancas e incluso una suerte de varita mágica que invertirá el movimiento del gato que la toque. Y es que en su simpleza, I and Me sabe cómo trabajar con la diversidad y se reinventa a cada paso que da.

Como aliciente a su jugabilidad, el título incluye una serie de veinte pergaminos con información adicional para maximizar la dificultad en algunos niveles. El caso es que su narrativa de por sí resulta todo lo simple que podría ser —limitándose únicamente a las frases que sirven de título para cada sección— y dichos añadidos no suponen una mejoría en este apartado. Sirven para desarrollar el papel del protagonista, que pasa por todo tipo de estados mentales al verse «imitado» por su alter ego, pero no van más allá de un estado anímico puntual. Es un permiso triste porque cuenta con un trasfondo narrativo interesante y con una gran capacidad de desarrollo, pero acaba cayendo en saco roto y, aunque puede sonar reflexivo, no llega a contarnos nada. Da la impresión, eso sí, de que prefiere no limitarse a su trasfondo y permitir que sea el usuario el que haga la respectiva meditación a través de los esbozos narrativos que encontramos en sus escenarios.

En lo técnico I and Me destaca por el cuidado que tiene tras de sí. Sus escenarios se encuentran realizados a mano y, aunque son reiterativos, se permite ir cambiando entre las cuatro estaciones del año para ofrecer algo de variedad. Su banda sonora resulta una extensión de lo mismo, estando compuesta únicamente por trece temas lentos y con cierto aire melancólico. Es, insisto, otra muestra de su simpleza pero también parte de su identidad.

Por lo general nos encontramos ante la propia expresión de la calma. I and Me es una obra de silencios, de tonos melancólicos, reflexiones sencillas y mecánicas accesibles. La dificultad se dispara en algunos puntos, pero el juego siempre pone de su mano para que el jugador se sienta arropado — incluso incluye pistas en forma de vídeo para cada nivel. No existe la muerte permanente, ni es posible perder puntos de ninguna forma y tampoco hace nunca uso del letrero «Game Over». Para hacerlo más accesible, además, añade la posibilidad de acceder a cualquier nivel ya superado. Es un título de bolsillo —literalmente, gracias a la versión de Switch— al que referirse en cualquier momento de descanso o cuando impera la necesidad de tratar con algo sencillo.

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